Hacía poco que me había mudado al nuevo piso. Tenía prisa por llegar al trabajo, para variar, porque tenía reunión a primera hora de la mañana y ya iba con el tiempo justo. Aún no conocía a mis vecinos, sólo a Antonio, el portero. Era una finca antigua, así que llevaba muchos años viviendo allí y todos los vecinos, por lo que me dijeron en la inmobiliaria, estaban muy contentos y satisfechos con el trabajo de Antonio. Era como el típico portero de película americana; se enteraba de todo pero era muy perspicaz. Daba muy buenos consejos y nunca estaba fuera de lugar.
-Buenos días, señor Luís. ¿Otra vez tarde?
-Hola Antonio. Sí, ya ves…
-Me tomé la libertad de pedirle un taxi.
-Gracias Antonio, tan eficaz como siempre.
Llegué al centro de Barcelona justo a tiempo. Bajé del taxi, pagué y me metí en el edificio de nuestras oficinas. Sin mirar a nadie, me metí directo en el ascensor. Nervioso, no dejaba de mirar el reloj. Me quedaban 7 minutos para llegar hasta la sala de juntas. En el momento en el que se cerraban las puertas, oí una voz dulce, muy femenina, que me pedía que la esperara.
-Uf, gracias. Creía que no llegaba.
Me limité a sonreír. Estaba más pendiente de llegar a la reunión que otra cosa. De repente, noté como un aroma muy sutil, realmente dulce. Un aroma que entraba por mi nariz y bajaba por mi espalda. Entonces me molesté en mirarla. Era algo más bajita que yo, aunque no mucho más. Vestía con un traje de falda de tubo, con camisa blanca. Era morena, con el pelo liso. Le caía suavemente por encima de los hombros. Me di cuenta de que tenía buenas tetas. Cuando quise decirle algo, la campanita del ascensor nos avisó de haber llegado a nuestra planta. Se adelantó a salir y pude verle bien el culo y las piernas. Hacía tiempo que no veía unas piernas así. Debo reconocer que, por un momento, consiguió hacerme olvidar la reunión y todo aquello. Me sorprendió, además, verla entrar en la misma oficina donde yo trabajo.
Venga, Luis, que te están esperando. Ya están todos en la sala de juntas.
La reunión pasó más rápido que de costumbre. No sé si porque tenía la cabeza en otra parte o porque realmente fue más corta de lo que pensaba. La cuestión es que no podía concentrarme. Aquellas piernas me tenían completamente ido. No pude fijarme en su cara, pero no podía olvidar aquellas piernas. Durante todo el día estuve pendiente de ver si volvía a coincidir con ella. Incluso le pregunté a Jorge si sabia quien era, pero no me supo contestar.
Pasaron unos días y la rutina volvió a apoderarse de mi vida. Hasta aquel sábado. Aquel sábado tardaré mucho en olvidarlo. No sé si porque Gema me lo hace recordar cada día o por lo que pasó. La cuestión es que aquel sábado me calcé mis tenis, mi pantalón corto y mi camiseta de correr y me fui a hacer algunos kilómetros bien temprano en la mañana. Todo el tema de la mudanza me había hecho descuidar un poco mi línea y me notaba que estaba en baja forma. Me puse los auriculares de mi mp3, cogí el ascensor y bajé al portal. Me quité uno de los auriculares para poder saludar a Antonio, como de costumbre. Justo cuando iba a salir por la puerta, me crucé con una chica joven. No tendría más de 26 años. Llevaba una minifalda tejana y una camiseta de Pink Floid. Era morena y su pelo caía alrededor de sus gafas de diseño y descansaba por encima de sus hombros. No sé porqué, me fijé en sus piernas. Aquellas piernas me sonaban. No hacía mucho que me había cruzado con ellas, pero no me venía a la cabeza dónde las había visto antes. Salí del portal sin darle más importancia. Hasta que a mitad de camino, me acordé de aquella mañana que llegaba tarde a la reunión. Aquellas piernas eran las mismas que había visto hacía unos minutos en el portal de mi casa. Aún no sé el porqué, pero paré en seco y volví al portal. Tenía que preguntarle a Antonio si sabía quién era esa chica, preguntarle por su nombre, al menos.
Gema. Es la vecina del 4º B. Me sorprende que no se haya cruzado antes con ella. Tienen horarios muy parecidos y creo que trabajan en la misma oficina. Además, vive sola desde hace unos meses que rompió con su novio porque él la engañaba.
-Gracias Antonio, no sabes lo mucho que acabas de hacer por mí.
Antonio no dijo nada más, simplemente sonrió. Con el tiempo supe porqué.
Subí las escaleras de dos en dos en lugar de utilizar el ascensor. Ya que no había hecho la ruta completa, tenía que compensarla de alguna manera. No me di cuenta y ya estaba en la puerta de casa. Vivía en el 5º C. En cuanto estuve delante de mi puerta, saqué las llaves y entré a casa. Sabía que quería verla, pero no sabía cómo hacerlo. Ya eran las 10:30 de la mañana y mi estómago me recordó que tenía que desayunar. Así que pensé en bajar al bar de la esquina a tomarme unas porras con el café mientras leía el periódico. Me di una ducha y me puse ropa cómoda: unos pantalones de pinzas grises y un polo blanco. Hacía bastante calor y no era plan de ir demasiado mudado. Llamé al ascensor. El ruido de los motores mientras subía me hacía compañía durante la espera. Por el tiempo que tardó en subir, adiviné que había estado en el portal. Subí y pulsé el B para llegar hasta el portal. Se cerraron las puertas y empezó a bajar. De repente, se paró en el 4º. Empecé a ponerme nervioso. ¿Y si era Gema? La duda y las ganas de que así fuera me hicieron sentir el tiempo mucho más lento de lo habitual. Las puertas empezaron a abrirse y poco a poco descubrieron a quien había solicitado también el ascensor. Era ella. No sabía qué hacer. Esta vez me fijé bien cuando entró. Era bella, muy bella. Con una suave apariencia inocente. De esas mujeres que, aunque no son de revista, no puedes dejar de mirarlas. De esas que las ves más como la madre de tus hijos que como un objeto sexual, aunque una cosa no quitaba la otra. Por un momento me sentí mal. Noté como se me iba poniendo dura imaginando lo que podría hacer con su frágil cuerpo entre mis brazos.
-Buenos días. – me dijo
-Buenos días. – le contesté sin poder dejar de mirarla a los ojos. – Gema, ¿verdad?
-Sí, y tú Luis, si no me equivoco. –
(no negaré que me sorprendió mucho que supiera mi nombre.)
– Creo que el otro día nos cruzamos en las oficinas.
-Podría ser. Soy algo despistado y más cuando voy con prisa, jeje – sonreí con esa típica cara de gilipollas.
Durante unos segundos permanecimos ahí, quietos. Ninguno de los dos le dio al botón para bajar, no sé si por despiste o porque ninguno de los dos quería salir de allí. Lo que pasó justo en ese momento, lo recuerdo como si no lo hubiera vivido yo. Como si formara parte de una película.
Gema se abalanzó sobre mí, se colgó de mi cuelo y empezó a besarme. No supe reaccionar, al menos, durante un pequeño escaso momento. No sabía si quería apartarla por lo repentino de la situación o abrazarla más a mí y notarle sus tetas sobre mi pecho. Directamente, ella me dio la pista para decidirme. Me cogió una de las manos y la puso sobre sus tetas. No eran excesivamente grandes, tenían el tamaño perfecto, justo la palma de la mano. Eran duras, turgentes, tentadoras. Empecé a notar como la lujuria y la locura se apoderaba de nosotros. No pude o no quise resistirme, no lo sé, pero no paré. La besé con más ganas que nunca, con esos besos que parece que vayan a ser los últimos de nuestra vida. Ella bajó su mano y comprobó si aquella situación me había puesto cachondo. Noté como se le escapaba una sonrisa picarona. Se alegraba de ver que lo que me estaba haciendo dominaba mi cuerpo. Había caído preso de su descontrol y no ocultaba su satisfacción. Se apartó un poco y se quitó la camiseta de Pink Floid mientras me miraba desde el otro lado del ascensor directamente a los ojos.
-No creas que hago esto con cualquiera, pero no quiero que olvides lo que está a punto de pasar. – me dijo convencida de su victoria.
Se volvió a acercar a mí, con paso sensual, como una gata que se acerca mimosa para que la acaricies. Cuando estuvo a mi altura, empezó a mordisquearme el cuello mientras sus manos empezaron a bajar por mi espalda hasta llegar a mi cintura. Una vez allí, se dirigieron firmes a por mi cinturón. Yo no sabía qué hacer y me limité a quitarme el polo. Cerré los ojos y me dejé hacer. Noté como mis pantalones bajaban hasta mis tobillos. De golpe, sentí como sus manos de niña me cogían la polla con fuerza y su lengua empezaba a acariciarla, desde la base hasta la punta. La lamía con desesperación, pero con una suavidad que me hacia enloquecer. Sabía que si seguía así acabaría corriéndome en su boca, pero no quería que fuera así.
-Quiero que me mires mientras te la como. Me pone a cien tu mirada. – me dijo arrodillada ante mí.
Yo, que siempre he sido muy tímido en estas cosas, no sabía si hacerle caso o no, pero dada la situación ya me daba igual ocho que ochenta. La miré. Me clavó la mirada con sus ojos grises detrás de las gafas. He de reconocer que siempre me habían dado mucho morbo las chicas con gafas, no sé porqué. En cuanto vio que le mantenía la mirada durante algunos segundos, se metió toda mi polla en la boca. La saboreaba como una niña pequeña comiéndose un helado. No dejó un solo milímetro de mi polla sin lamer, y todo mientras me obligaba a mirarla a los ojos. Te repente, algo se apoderó de mí y no pude hacer nada por evitarlo. La cogí de las axilas y la levanté. Le comí la boca con ansia, con muchas ganas. Tanto jadear me había dejado la boca seca y su saliva me supo a gloria. Me aparte un momento, la miré a los ojos y sonreí.
-Ya has hecho bastante, ahora me toca a mí. – le dije.
Le desabroché el sujetador que dejó al aire sus tetas. Eran tal y como yo me imaginaba. Redondas, con una forma perfecta, ni muy grandes ni muy pequeñas, justo el tamaño de la palma de mi mano. Sus pezones se erguían erectos, desafiantes, apuntándome con aire acusador. Aproveché un momento para acabar de quitarme los pantalones. Mientras le empezaba a mordisquear los pezones, le bajaba la minifalda. La quería completamente desnuda para mí. Las horas de aquel primer día que la vi, en las que tanto sufrí su recuerdo en mi memoria, iban a tener ahora su recompensa. Noté como se estremecía a cada lametón mío por sus pezones. Sus jadeos se iban intensificando, y yo, cada vez más excitado, me moría de ganas por penetrarla, pero aún no era el momento. La tumbé sobre la ropa que teníamos en el suelo aprovechando, lo mejor que pude, el escaso espacio que teníamos en aquel ascensor. Le quité el tanga con las manos y empecé a besarla los muslos. No había tocado antes una piel tan fina y dulce como aquella. Me cogió del pelo en cuanto me empecé a acercar a su coño. Aún no lo había tocado, pero ya veía que estaba muy mojada. Cuando menos se lo esperaba, le di un fuerte lametón entre sus labios, atacando con grosería su clítoris. El gemido que salió de su boca me confirmaba que estaba deseosa de notarme dentro. Aún la hice sufrir un poco más. Seguí comiéndole su húmedo coño, llenándome toda la boca de ella. Ya de por sí me gustaba hacerlo, sentir como una mujer se derrite mientras yo sólo utilizo mi boca es algo que siempre me había gustado. Pero aquella vez había sido la mejor hasta el momento, sin ninguna duda.
-Métemela ya, que me voy a correr y quiero sentirte dentro de mí. – me dijo con voz temblorosa, tirándome del pelo con suavidad pero firmeza para que subiera y me pusiera encima de ella.
No la hice esperar más. Me puse a su altura, me cogí la polla y empecé a jugar con ella en la entrada de su coño como si fuera un consolador. Ella se iba arqueando como podía, buscando la manera de hacer que mi polla le entrara. Pero me resistí. Y cuando más la deseaba y menos lo esperaba, se la metí entera de golpe. Estaba tan mojada que entró a la primera y sin problemas. Los dos empezamos a movernos de manera impulsiva, como si fuera algo que lleváramos toda la vida haciendo. Sus tetas empezaron a moverse al compás de nuestros movimientos. Era como si me animaran a seguir dándole cada vez más fuerte y con más ganas. Poco a poco íbamos subiendo el ritmo y gimiendo con más fuerza.
-Diosss, Luisss… Me encanta como me follas… Me pasaría la vida entera con tu polla dentro de mí… Creo que me voy a correr ya… ahhh.. sííí…. Dios, no te pares…
-Yo también estoy a punto de correrme, Gema…
Ella se corrió algunos segundos antes que yo, aunque sigo creyendo que yo me corrí al no poder aguantar más cuando le vi la cara de placer. Fue un momento completamente especial para los dos. Yo no había sentido jamás nada por el estilo con ninguna otra mujer. Después de aquello, me imaginé que Gema se marcharía a otro lugar a vivir y que por eso se dejó llevar por la locura en aquel momento.
-Mi tío tenía razón, eres un gran partido. – me dijo.
Yo no entendí nada, pero tampoco pregunté. Nunca imaginé que la sobrina de Antonio, ahora mi tío, iba a sentir lo mismo que sentí yo por ella en aquel primer ascensor en el que nos cruzamos.